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Tanto si te gusta el vino como si no, te recomendamos que hagas una visita a las Bodegas Portia. Están en Gumiel de Izán, a 12 km de Aranda de Duero y a 68 km de Burgos. Luz, materia y alma son los ingredientes que dieron vida al conjunto arquitectónico realizado por el arquitecto Norman Foster. Su arquitectura va más allá de lo práctico, logrando una simbiosis estética con el entorno y el vino que merece la pena disfrutar.

«El corazón de una flor con tres pétalos» es la definición que da el grupo Foster & Partners del conjunto. También se puede ver como una estrella de tres puntas o un trébol. Esta estructura es la base del edificio e imagen de marca de las bodegas. Su división en tres partes no es aleatoria, sino que está marcada por las tres etapas de producción del vino: la fermentación, la crianza en barricas y el embotellado.
Pero toda la actividad de la bodega comienza y termina en el núcleo central de la construcción. Ahí, en su parte superior, descargan los vehículos las uvas recién recolectadas. Lo hacen en la tolva receptora, beneficiándose de la gravedad. Desde ahí se dirige el genero directamente al primer pétalo de la flor de las Bodegas Portia, el dedicado a la fermentación. Tras finalizar todo el proceso, el recorrido de producción del vino termina de alguna manera de nuevo en ese espacio central donde se encuentra la recepción, la sala de catas, la tienda, el restaurante, etc.
El conjunto está realizado con acero, madera, hormigón y vidrio. Una mezcla de materiales que establece una relación de equilibrio entre la arquitectura y el entorno, la tierra, así como con las tonalidades del vino. El acero cortén del exterior juega con su cromatismo con el rojo de la tierra castellana y el color del vino. Pero al llegar a la bodega, uno de los contrastes que saltan al ojo es su fachada, visible desde la carretera. Está realizada en acero inoxidable, lo que contrasta con la tonalidad del resto del conjunto, y su forma asemeja las tinas de vino.





Templo al vino en Portia
Sin lugar a dudas el cromatismo y las formas angulosas de su conjunto son un reclamo simbólico en su exterior, pero cuando entramos en su interior hay un espacio que destaca sobre otros, por lo menos para nosotras.
En una visita que hicimos a la bodega nos comentaron que para Foster, el proyecto de las Bodegas Portia tenía el reto de ser verdaderamente práctico para el trabajo diario, pero también que fuera una especie de templo del vino. Un lugar casi sagrado para esta bebida ancestral. En el segundo de los pétalos del conjunto, el dedicado a la crianza en barricas de roble, esta idea de templo se hace realidad. Al acceder a la sala, la imagen que se tiene del espacio recuerda al de una catedral con su nave central y sus dos naves laterales. Recorren sus laterales una serie de cristales que simulan vidrieras rojas, donde no falta la referencia al vino.
Toda la sala, incluida la música que te ponen al acceder por petición del propio arquitecto, te lleva a pensar en una iglesia, catedral o templo. Sin duda para nosotras, esta fue nuestra sala preferida.
Aunque este espacio nos pareció especial en relación a otras bodegas que hemos visitado, es cierto que su último pétalo, en el que se encuentran las botellas, llama la atención. Las botellas están colocadas de manera vertical, lo que da una imagen muy estética y visual.
Dicho todo esto, si aún no habéis estado en esta bodega, os recomendamos una de sus visitas guiadas. Tenéis toda la información en su web. Y si os interesan las visitas a bodegas, hace unos días os hablábamos de De Alberto y sus Damajuanas.